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Las islas de la memoria enterrada - Parte 3

Por Sebastián Rosso. Martes 08 de Mayo
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por Alvaro Aurane

Redaccion LA GACETA

El infierno de los cristianos está hecho de fuego. El de algunas religiones de China es todo de hielo. El de las Malvinas tiene piedras. Son, específicamente, las rocas del Monte Longdon. Que conocen el fuego y el hielo. Y sobre las cuales, se han cometido atrocidades que deberían avergonzar a los hombres frente al resto de las bestias que habitan la tierra. Porque Monte Longdon no fue solamente la escarpada geografía donde tuvo lugar la batalla más sangrienta de la guerra del Atlántico Sur. Fue, también, el escenario en donde se cometieron crímenes de guerra. Tan espantosos que ni la criminal guerra quiere reconocerlos como parte de ella.

Las piedras dominan Monte Longdon. Hace 30 años, también lo dominaban las tropas argentinas del regimiento 7. Y desde la mañana del 12 de junio de 1982, quedaría en manos de los soldados británicos, luego de una sucesión ininterrumpida de horrores. Entre la mañana de ese sábado, y las últimas horas del día anterior, perderían la vida 52 personas allí: 23 eran ingleses y los 29 restantes, argentinos. El saldo de víctimas se completaría con 97 heridos de ambos bandos.
El lugar es uno de los últimos puntos elevados antes de llegar a la capital de la isla, de la cual dista unos 10 kilómetros. Por ello era, a los fines estratégicos, un punto vital. Y para conseguirlo, la lucha desatada fue sin cuartel: duró 12 horas.
No hay camino para llegar hasta ahí. Así que hay que atravesar un campo plagado de cráteres todavía profundos, que son la inconfundible señal de que esa tranquila planicie es, en realidad, un campo de batalla. La guerra lo ha cambiado todo. Lo atestigua la enorme cruz, hecha en metal gris cromado, que corona la cima: el lugar no es otra cosa sino un gigantesco escenario de muerte.

La noche de la muerte

En Longdon se encontraba apostado el Regimiento de Infantería 7, que debía cubrir un vasto sector, hasta punta Camber, lo cual lo obligaba a estar disperso en un frente tremendamente extendido, pese a que no tenía mayores justificaciones tácticas, según sostiene Pablo Camogli en Batallas de Malvinas.
“Pese a la evidente dirección que tendría el ataque inglés, se mantuvo el dispositivo táctico, con lo que una sola compañía reforzada (278 hombres) debería enfrentarse a todo un batallón (de casi 600 efectivos). De ese modo, la proporción inicial a favor de los británicos era de 2 a 1, pero si extendeoms el análisis al poder de combate relativo, la proporción se ampliaba a 5 a 1”, relata.
Los ingleses comenzaron la avanzada a las 8 de la noche, con tres divisiones. Una por el Oeste, otra por el Norte y la tercera queda como reserva. La batalla empieza una hora y media después por un dato en sí mismo revelador: la detonación de una mina antipersonal. Precisa Camogli que los argentinos no habían detectado el movimiento porque el radar terrestre Rasit permanacía apagado ya que cada vez que se encendía recibía una andanada de proyectiles.
La arremetida inglesa fue terrible, pero cuando la situación parecía insostenible, el avance inglés logra ser detenido por el fuego certero de ametralladoras, de cañones de 105 mm. sin retroceso y por los francotiradores que hicieron buen uso de los pocos visores nocturnos con que contaban. “Esa coyuntura favorable animó al subteniente Juan Baldini a tratar de recuperar la posición de altura de la que había sido desalojado, pero cayó bajo las ráfagas de ametralladora que habían instalado rápidamente los ingleses”, reconstruye Batallas de Malvinas. Los argentinos se quedaron sin su jefe.
En la madrugada, el fragor de la batalla se tornó infernal. Las comunicaciones de los argentinos con su propia batería daban cuenta de que había ingleses por todas partes y que no se podía distinguir si los proyectiles que caían eran propios o de los ingleses. Una a una, las posiciones argentinas fueron arrasadas con misiles antitanque y con fuego de armas de 66 mm.
A las 5 de la madrugada, la situación de los argentinos ya era dramática: numerosas bajas, posiciones superadas por el enemigo y, otra vez, muy pocas municiones. A las 6.30, determina Camogli, se dio la orden de replegar la compañía hacia Wireless Ridge.
Pero muchas posiciones se encontraban imposibilitadas de retirarse, porque estaban cercadas por los ingleses. Ahí, la batalla se prolongó hasta pasadas las 8 de la mañana. Sobre esas últimas fortificaciones cargaron dos secciones inglesas. “Los soldados que no se entregaban eran sacados a la fuerza de los bunkers y ejecutados mediante un bayonetazo en un ojo”, horroriza el historiador.
En esa carga final se registraron, según denuncias de ex combatientes argentinos confirmadas en 1991 por el ametralladorista inglés Vincet Bramley, numerosos casos de fusilamientos de prisioneos y heridos argentinos. Bramley cita 10 casos, pero pudieron ser más.

Muchachos de ojos verdes

Precisamente, en 1996, los ex oficiales británicos Adrian Weale y Christian Jennings expusieron, en su libro “Green Eyed Boys” que, tras la batalla de Monte Longdon, se produjo el fusilamiento de un soldado argentino herido.
Según los autores, luego del cruento enfrentamiento, el entonces suboficial Gary “Louis” Sturge se abocó a la tarea de enterrar a los caídos en combate. Fue cuando encontró a un conscripto argentino vivo y le preguntó a su superior, el sargento mayor Alec Munro, qué hacer con él. Según declara el capitán Anthony Mason en esas páginas, se le ordenó que lo llevaran con los demás prisioneros; pero Sturge se alejó del grupo, arrastrando a la víctima consigo, y desenfundó su arma.
En la publicación, testigos afirman que cuando el herido advirtió lo que iba a pasar, comenzó a gritar y a mostrar su crucifijo, para mostrar que también era cristiano. Sus alaridos llevaron al lugar al capitan Anthony Mason, quien asegura que vio cómo el soldado argentino era herido en la cabeza y caía muerto.
Cuando increpó a Sturge, este contestó “era un francotirador”.
En ese momento, siempre según Mason, el sargento mayor Thor Caithness llegó a la escena del crimen, apuntó su rifle al pecho de Sturge y le ordenó arrojar su arma. Fue arrestado, culpado y enviado a Gran Bretaña en un barco separado de los que transportaban a las tropas. El de Sturge, por desgracia, no fue el único caso pavoroso que presentaron los autores.
Los ex oficiales británicos revelan también el caso de Stewart McLaughlin, muerto en acción a causa de un ataque de mortero. Luego de haber luchado varias horas con una herida de bala en la espalda, no recibió ninguna condecoración póstuma. La razón, afirman, es que ese soldado poseía una inconcebible colección de orejas que había arrancado a sus enemigos.
Por si eso no bastara, los ex oficiales británicos escribieron que hay testigos que aseguran que McLaughlin habría practicado esa ignominiosa amputación a un conscripto argentino que todavía estaba vivo.
“El infierno -dice Oliver Stone, por boca de uno de los personajes de la película Pelotón- es la imposibilidad de razonar”. Monte Longdon, el infierno en la tierra, así lo demuestra.

No queda más que viento

Para que no quede lugar a dudas, también hay cruces en la base del monte. Todas tienen inscripciones en memoria de británicos caídos en combate. Es que Longdon, en realidad, es una sucesión de recordatorios de los soldados ingleses muertos en aquella fatídica batalla.
Lo que incluye desde un monolito con rosas negras de hierro hasta dos botellas de whisky, pasando por una pequeña efigie de Buda, depositada por un veterano que, cuando volvió de las islas, intentó suicidarse. También hay un bronce con los nombres y las edades de los 23 británicos abatidos. Dos tenían 17 años. Y tres tenían 18, pero porque uno cumplió esa edad ese día. Su último día.
“Nunca serán olvidados”, “Descansen en paz”, dicen la mayoría de las dedicatorias británicas escritas en un libro, protegido por un plástico grueso, guardado en una gran caja de metal rojo. También los argentinos dejaron su mensaje ahí. “No a la guerr”, garabatearon Pablo Caffe y Felipe de Luca, el 13 de marzo de 2007. “Hermanos, siempre con nosotros”, firmaron Horacio, Oscar, Pedro, Rodolfo y Francisco, de La Plata. “Siempre vivos en nuestra memoria”, refrendó el historiador Felipe Pigna, el 7 de marzo de 2006.
Tanto al subir como al bajar, es bastante difícil caminar sobre las piedras, sumamente resbaladizas, así como entre ellas, a causa del traicionero musgo que cubre el suelo. Luego, imaginar allí una batalla estremece más que el gélido viento que parece venir de todas partes. Entonces se advierte que, en realidad, más que en un rocoso páramo, se está en las ruinas de un fuerte. Porque el Monte Longdon es, en sí mismo, una fortaleza natural.
Las piedras forman salientes y depresiones, y basta apilar unas cuantas para conseguir una posición de batalla. Aún permanecen en pie algunos de esos precarios baluartes improvisados por los argentinos. Ahí dentro no hace menos frío que afuera.

Este otro infierno

Estos puestos se suceden en todas direcciones. Unos más cubiertos, otros menos incómodos, y los hay también inaccesibles. Hasta que por fin, hay uno que corta la respiración. Adentro, rodeado de tres cajas de plástico que alguna vez contuvieron municiones, hay un objeto casi maldito. Una cosa que redimensiona todo el lugar, que mueve el tiempo hacia atrás, y con ello devuelve al Monte Longdon las explosiones, la negra noche, los gritos, las corridas y los tiros, el miedo infinito, la desesperanza, los dolores y una tristeza incomensurable.
Entonces, al guía isleño, que ve lo mismo que LA GACETA, se le escapa en inglés una expresión que anuda el instante. “Pobrecito”, dice, mientras piensa, un segundo, en el dueño de eso que yace en el piso. Una plantilla de goma. De una zapatilla. Marca Flecha. Con un jirón de su lona. Es talle 42. Dice Industria Argentina.
La batalla de Monte Longdon fue la encarnizada pelea, cuerpo a cuerpo, por conseguir una posición alta desde donde dominar la geografía malvinense. Y también la más cruenta confirmación de que los hombres no son mejores cuando están más cerca del cielo.

Monte Longdon
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