Divúlguelo! por Fola
por Jorge Alvarez
Redacción LA GACETA
Este diario, el que hicieron suyo sus abuelos y sus padres en el
último siglo publicó no hace mucho que los niños y jóvenes del año 2000
confían más en un buscador, a la hora de encontrar respuestas a sus dudas,
que en las respuestas posibles de sus padres.
Pero ¿y qué hacían los niños de mi generación? No existía Google, ni mucho
menos internet. ¿Dónde buscaban lo que necesitaban? Era difícil. Había que
concurrir a las bibliotecas o los martes y jueves al Archivo de LA GACETA.
Y quienes, como yo, querían sorprender con una acumulación de datos útiles a
sus compañeros de escuela debían recurrir a una viñeta que se publicaba en
este diario.
Sí porque LA GACETA fue, sin saberlo, el primer buscador de respuestas. Sólo
había que tomar el ejemplar y buscar, hasta hallarla, una viñeta que hacía las
delicias de quienes querían saber algo más de la vida. Del universo mismo.
De la pluma de un ciudadano londinense surgían todas las respuestas para los
interrogantes de los lectores. Su obra era publicada de manera simultánea en
países tan lejanos como Sudáfrica, o en nuestro vecinos de Chile. O en diarios
y revistas de México, de Venezuela, Francia, los Estados Unidos y hasta en la
exótica Australia.
Él firmaba las notas con el seudónimo de Fola. Esas cuatro letras encerraban,
para mí y los miles de lectores, una inagotable fuente de sabiduría en la que se
podía abrevar sin temor a equívoco alguno.
Fola era el autor, nada menos, que de “Divúlguelo”, el Google de los años que precedieron a las redes sociales. Mediante un par de dibujos, de trazo simple, explicaba el porqué crecen los pelos de la cara a un hombre y con la misma solvencia nos contaba que en países como Cuba o Brasil se domesticaban serpientes para cazar ratones.
Atesorando este material me dejaba peinar, parecía el Führer con una onda que me caía sobre la frente, por mi madre en una ceremonia que incluía el enfundarme en un guardapolvo blanco almidonado a más no poder con el que caminaba con la elegancia de Robocoop hacia la escuela. ¡Pero qué me importaba si llevaba memorizado el “Divúlguelo” para impresionar urbi et orbi! Y lo lograba, de lunes a viernes, cada 24 horas. Debía responder las preguntas de mis compañeros de grado y de otros. Gracias a la sabiduría de ese filósofo popular y dibujante que fue don Geoffrey Edward Foladori me convertí en un propalador de la cultura popular.
Él desde desde su estudio en Montevideo no dejó de sorprender con la originalidad de su “Divúlguelo” que se podía seguir también en “Billiken”, una revista que hacía la delicias de los niños, padres y maestros. Fola fue además el creador de “Pelopincho y Cachirula”, una simpática pareja que arrancó sonrisas con sus ocurrencias durante una buena parte de mi vida.
Dueño de un sentido del humor único, este inglés hacía gala además de sus buenos modales y cordialidad que lo convirtieron en un referente del humor gráfico del Río de la Plata. Como despedida, amable lector, le dejo una de sus mejores investigaciones: ¿usted sabe, por ejemplo, que hay 102 himnos nacionales que carecen de letra?, afirmaba este Ripley sudamericano en un reportaje concedido en la primavera de 1981. En el centenario del diario no podía faltar la figura de Fola.

