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Trampa para un soñador

Por Sebastián Rosso. Martes 24 de Abril
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por Miguel Velardez

Redacción LA GACETA.

Llegaron al aeropuerto a la hora de la siesta. Apenas bajaron del avión, el fotógrafo de LA GACETA disparó sus flashes y la foto en blanco y negro quedó guardada en el Archivo para siempre. Ella lo tomó del brazo y caminaron juntos como novios felices, pero no eran novios. Eran las tres de la tarde del 27 de junio de 1980, cuando Antonio Grimau y Cristina Alberó saludaron con los brazos en alto a un grupo de tucumanos que estaban a esa hora en la terraza. Los actores no sabían lo que estaban a punto de vivir más tarde en Villa Luján.

En aquel tiempo no había sala VIP, ni siquiera se usaba la palabra VIP. La pareja más exitosa de la telenovela más vista por los argentinos recorrió el pasillo central saludando a los fanáticos y tras un gran esfuerzo, los actores llegaron al salón, donde firmaron algunos autógrafos.

Mientras tanto, el Club Defensores de Villa Luján ardía de calor y de gente. Había tanto público haciendo cola como afuera de un banco en los días de pago a los estatales. En las veredas de la calle Don Bosco, los vendedores de choripán se codeaban por atraer clientes. Un espectáculo a esa hora era inusual y obligó al público tucumano a sacrificar la siesta para poder ver de cerca a las figuras de la televisión. La fila de gente tenía tres cuadras alrededor del club: daba la vuelta en Ejército del Norte, doblaba por San Juan y llegaba hasta la esquina de la calle Thames.

El público impaciente esperaba que se abrieran las puertas del club que, en aquel entonces, era el escenario ideal para este tipo de espectáculos masivos. Además de los viernes de boxeo, el club Villa Luján acaparaba las visitas de lujo que llegaban a Tucumán. En los `80 no había YouTube, ni Facebook, ni Twitter; apenas un solo canal de televisión; entonces la posibilidad de poder ver en persona, a pocos metros, casi cara a cara a los personajes de la televisión era más que un atractivo. De pronto, una combi frenó en la puerta del Club Villa Luján. En un segundo se corrió la voz en toda la fila: Lito y Valeria habían llegado oficialmente a Tucumán.

Todavía recuerdo cuando aquella siesta, una tía que no se perdía ningún capítulo de la novela, me tomó del brazo y me llevó de acompañante. Nunca antes había visto tanta gente en la puerta del club. Yo vivía en Villa Luján, a cinco cuadras del club, pero más cerca de la plaza y del registro civil. Mi tía tenía el entusiasmo de una adolescente frente al ídolo máximo. No paraba de hablar de Lito. Decía que soñaba con un novio como él. Supongo que los hombres querían una novia como ella… como Valeria, digo.

A las tres y media de la tarde no entraba un alfiler en Villa Luján. El club no estaba totalmente cerrado como hoy en día. Las tribunas tenían paredes hasta la mitad y no llegaban al techo. El calor era infernal entre la masa de gente, en su mayoría mujeres que esperaban a los artistas. La novela se veía por Canal 10 y la gente se sabía de memoria los nombres de los personajes y la canción de apertura y cierre era la más cantada del momento: “Sólo tú, Sólo yo”.

El público esperaba cada vez más ansioso. El escenario, en forma de semicírculo, tenía un sofá de color almendra en el medio y un florero con una rosa roja, al costado. Nadie esperaba grandes efectos, sino que querían ver a Lito y Valeria en acción. Se había anunciado que los actores representarían una escena de la novela. Como el show era a la siesta no había ninguna posibilidad de bajar las luces del estadio, ni nada. Todo rústico, todo demasiado austero. Desde el techo bajó un hierro de medio metro, cubierto de goma. Era el micrófono que iba a captar el diálogo de los protagonistas. Al mismo tiempo que el micrófono descendía de las alturas, el público fue haciendo silencio hasta llegar al punto de que parecía no volar ni una mosca dentro del club.

Una ovación estalló en aplausos cuando aparecieron ellos tomados de la mano por un hueco detrás de la escenografía montada para la ocasión. Con los dedos entrelazados y las manos en alto saludaron a los tucumanos. Como una reverencia japonesa también se inclinaron hacia adelante. Había tanta euforia en las tribunas que parecía estar a punto de caerse sobre el escenario. Lito extendió la mano derecha, saludó como quien se va de viaje y después se llevó esa mano al corazón. El grito de las mujeres era incontenible; incluida mi tía que estaba al lado y no me soltaba por nada del mundo. Claro, yo tenía ocho años recién cumplidos.

Valeria soltó la mano de Lito y se fue hacia un extremo del escenario. Se besó la palma de la mano y la extendió hacia el público. La gente no paraba de gritar. A mí me pareció que eso no terminaba nunca. Pero terminó el griterío y los actores tomaron ubicación.
Ella se sentó en el sofá; él caminó en dirección al florero del costado. En ese momento, todo el mundo hizo silencio. Fue increíble que pudiera haber tanto silencio después de semejante griterío. Parecía que algo tremendo estaba a punto de suceder. Y sí… fue tremendo lo que pasó cuando los actores representaron su papel más famoso de aquel tiempo.

Lito vestía un pantalón oscuro, con una camisa blanca. Sin corbata, pero elegante. Ella lucía un traje rojo y un sobretodo del mismo estilo que usaba en los títulos de la novela. Se acomodaba el cabello rubio como lo hacía en la televisión. En ese instante, mi tía me soltó la mano. Tal vez pensaba que ya no podía perderme en la maraña de gente. Sentadito a su lado miraba la escena.

Lito enciende un cigarrillo y guarda el encendedor en el bolsillo del pantalón. Ella gira hacia él y pregunta. “¿Qué es esto?”, dice mostrando un papel en la mano. Él toma el papel con una mano, hace una pitada con la otra y empieza a leer. “Este papel no es un formulario –dice él-. Este papel es un decreto de muerte. Para vos… y para mí”, agrega Lito.

Sólo recuerdo que la pareja comienza a discutir. Ella sube el tono de sus palabras. Él responde también en voz alta. La discusión sigue con un intercambio fuerte hasta que él le dice algo que suena a un insulto. Ella apretó los labios y lanzó una cachetada en el rostró a Lito. Sonó como un estruendo. Parecía que Lito iba a reaccionar con otra cachetada. Hubo un instante de silencio, muy breve y él rompió el silencio: “Perdón –le dijo-, perdoname… te falté el respeto”, agregó. Ella esperó un segundo que parecía eterno hasta que dio un paso, se acercó a él y quedaron frente a frente. A mi tía parecía que le iba a salir el corazón por la boca. No decía nada, pero se le notaba en los ojos y tenía mano en el pecho como sosteniendo un suspiro. Valeria y Lito seguían mirándose en silencio hasta que él se acercó más y comenzó a besarla. Una ovación de aplausos y de gritos estalló en las tribunas. Era tanto el entusiasmo de mi tía que se olvidó de taparme los ojos para que no vea cómo se besaban los grandes. Al menos eso es lo que hacía en mi casa cuando las parejas se besaban en la novela de la siesta.

Comentarios
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algarifa · 26 de Abril de 2012 - 19:13
Me encantó la nota!
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Federico Perea · 25 de Abril de 2012 - 22:16
Que recuerdo!!!, Lito y Valeria, aunque no soy de esa epoca, algo me acuerdo, fue un novelon que todo el mundo estaba atrapado por la TV. Muy bueno el relato, parece que fue una tarde unica, inolvidable. Saludos.
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